Natalicio de José María Paz

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    Nació en Córdoba y fue un destacado luchador de las batallas por la independencia y luego participó en el proceso de organización nacional

    José Paz y Durán y Tiburcia Haedo y Roldán, dos criollos cordobeses descendientes de familias patricias celebran la llegada de su hijo José María, un niño inteligente y despierto.

    Los franciscanos se hicieron cargo de su primera educación en la escuela de San Francisco donde aprendió a leer, gramática y doctrina cristiana hasta que por consejo de su tío, el presbítero Manuel Mariano de Paz, ingresó en febrero de 1804 al seminario de Nuestra Señora de Loreto donde cursó tres años de filosofía y uno de teología, dos asignaturas claves para poder ingresar en 1808 a la Universidad de Córdoba donde se tituló -en 1811- como bachiller y maestro en artes tras aprobar los tres cursos de jurisprudencia.

    Luego de la Revolución de Mayo abandonó los estudios para ingresar en el ejército a instancias del por entonce gobernador de Córdoba, Juan Martín de Pueyrredón, quien lo nombró capitán de las milicias en formación, el 24 de junio de 1810 cuando cambió la “la Instituta de Justiniano por la espada”.

    El 23 de noviembre del mismo año se ofreció como voluntario para conducir un convoy de municiones y armas destinadas al Ejército Auxiliar del Perú. Cumplida la misión, regresó a Córdoba para reanudar sus estudios al tiempo que la Junta Grande presidida por Cornelio Saavedra le fijó un sueldo en su puesto en el correo cordobés.

    El 12 de septiembre de 1811, junto a su hermano Julián recibieron la orden de marchar al Alto Perú para incorporarse al Ejército Auxiliar que acababa de ser destrozado en Huaqui. Bajo el comando de Saavedra y al frente de una compañía de artillería conjuró un intento de sublevación en Salta. Ya en Jujuy, se incorporó a los restos del ejército que aún mandaba Viamonte, quien lo agregó a la plana mayor.

    Cuando Pueyrredón se hizo cargo del ejército, logró que Paz se agregase tras lo cual cambió su grado de capitán de milicias por el de teniente primero del ejército de línea con destino en el escuadrón de Húsares de su escolta hasta que fue relevado y reemplazado por el general Manuel Belgrano a quien Paz calificó de “virtuoso y digno general” que le recordaba las “virtudes cívicas de aquellos senadores romanos que parecían impávidos sentados en sus sillas curules”.

    AL NORTE, EL EJÉRCITO
    Durante el éxodo jujeño, asistió al combate de Las Piedras, el 3 de septiembre de 1812, y a la batalla de Tucumán, el 24 del mismo mes, en calidad de ayudante del teniente coronel Eduardo Kaunitz barón de Holmberg, jefe de la artillería patriota, donde logró el escudo otorgado “a los defensores de la Patria”. Posteriormente participó de la victoria de Salta, el 20 de febrero de 1813, donde batieron al ejército realista comandado por Pío Tristán, acción por la que fue condecorado por el Segundo Triunvirato y fue ascendido a capitán.

    La derrota realista en Salta fue aplastante. Desde Trisitán hasta el último tambor cayeron en manos patriotas. No escapó ni uno de sus 3.398 integrantes. Diez cañones, 2188 fusiles, 1095 bayonetas, 17 carabinas, 6 pistolas, 156 espadas, municiones, equipos cayeron en manos del ejército de Belgrano que contó 103 muertos y 433 heridos.

    “Acto terrible para los militares que sufrían tan grave afrenta, pero grandioso para la libertad y los que la sostenían. No es posible recordar esos días de honor para nuestras armas y de gloria para la más justa de las revoluciones, sin evanecerse de pertenecer a un pueblo que supo adquirirlos”, recordará Paz en sus Memorias a la batalla de Salta que obligó a las fuerzas realistas a retroceder hasta el Alto Perú.

    Allí participó en las batallas de Vilcapugio y Ayohúma, donde se salvó de ser capturado por los realistas. Tras las derrotas, su cuerpo de caballería fue transformado en el Regimiento de Dragones del Perú con el que retrocede por la quebrada de Humahuaca y con el que asiste el 17 de abril de 1815 al combate de Puesto del Marqués donde las tropas comandadas por Martín Rodríguez y Martín Miguel de Güemes masacraron a los realistas en una acción que Paz no dudó en calificar como “una carnicería bárbara y horrorosa”.

    Ascendido a sargento mayor, el 20 de octubre de 1815, recibió una herida de bala que le destrozó el brazo derecho que le quedó inútil para el resto de sus días: había nacido el Manco Paz.“Ahora, ya no podrá llegar a general, compañero”, le dijo no exento de sorna su rival, el tucumano Gregorio Aráoz de Lamadrid.

    “No se apresure en sus conclusiones, Lamadrid”, retrucó y agregó “Deme tiempo. Le aseguro que no sólo llegaré yo a general, sino que también, tendré después la ocasión de ascenderlo a usted a general, en el campo de batalla. Porque aunque no lo estimo a nivel personal, no puedo negar ni su valentía ni su patriotismo”, vaticinó

    La rivalidad no era nueva. Lamadrid en sus memorias apuntará que “Paz parece un filósofo, no un militar”, mientras que Paz dirá que Lamadrid es un “hombre contradictorio” que “a una audacia a toda prueba, une un carácter frívolo y superficial”.

    Designado Belgrano nuevamente como jefe del Ejército del Norte, fusionó a los Dragones del Perú y Dragones de la Patria, en un nuevo cuerpo al que llamó Dragones de la Nación, que puso a las órdenes de Paz quien fue ascendido el 6 de agosto de 1817 a teniente coronel de caballería.

    LA HERRADURA Y AREQUITO
    Tras la sublevación del santafecino Estanislao López contra Buenos Aires, el Directorio ordenó que el Ejército del Norte bajara a aplastar al caudillo enrolado en la Liga de los Pueblos Libres comandada por José Artigas.

    Paz fue asignado bajo el mando del cordobés Juan Bautista Bustos a combatir a López a quien vencieron el 19 de febrero de 1819 en La Herradura, sobre el río Tercero, donde su regimiento fue clave para vencer a la caballería enemiga en la victoria que alejó al santefecino de la frontera cordobesa hacia el Paraná.

    “Se batían con el más denodado valor”, elogia Paz a las montoneras entrerrianas de López Jordán y a los indios chaqueños del irlandés Peter Campbell, un viejo lugarteniente de Artigas. En sus Memorias Lamadrid participa del triunfo: “El enemigo tuvo más de 60 muertos y mayor número de heridos y muchos de ellos mortalmente según lo notamos en la persecución al tercer día. Como yo había mandado afilar todos los sables de la caballería al salir de Córdoba, la mayor parte de los cortes fueron mortales”.

    Enfermo, Belgrano, delegó el mando del Ejército del Norte en el general Francisco Fernández de la Cruz, quien acató la orden directorial de retroceder a Santa Fe para eliminar definitivamente a López.

    El 8 de enero de 1820 en la posta de Arequito, el corbobés Juan Bautista Bustos, el tucumano Alejandro Heredia, y el santiagueño Juan Felipe Ibarra sublevaron al ejército de 3.600 hombres y 600 carretas. No iban a combatir en una guerra de Buenos Aires. El Ejército del Norte dejó de existir.

    “No sería inoficioso advertir que esa gran fracción de la República que formaba el Partido Federal, no combatía solamente por la mera forma de gobierno, pues otros intereses y otros sentimientos se refundían en uno solo para hacerlo triunfar: primero era la lucha de la parte más ilustrada contra la porción más ignorante; en segundo lugar, la gente del campo se oponía a la de las ciudades; en tercer lugar, la plebe se quería sobreponer a la gente principal; en cuarto, las provincias celosas de la preponderancia de la capital querían nivelarla; en quinto lugar, las tendencias democráticas se oponían a las miras aristocráticas y aun monárquicas que se dejaron traslucir cuando la desgraciada negociación del príncipe de Luca. Todas estas pasiones, todos estos elementos de disolución y anarquía se agitaban con una terrible violencia, y preparaban el incendio que no tardó en llegar”, explica Paz en sus memorias.

    Con los restos del disuelto Ejército del Norte, Bustos y Paz regresaron a Córdoba donde el primero se hizo del gobierno provincial en contra de la opinión de Paz y otros oficiales que proponían regresar a la frontera septentrional amenazada por los realistas.

    Tras esta defección que puso en peligro el plan de San Martín al despojarlo de una fuerza operativa de distracción y amenaza en las provincias altoperuanas, y dejó en soledad a Güemes en la defensa del límite salteño, Paz trató de deponer a Bustos pero, vencido, se retiró a Santiago del Estero. Allí permaneció por dos años hasta que regresó a Córdoba donde nada parecía indicar su retorno a la arena política.

    En enero de 1823, y con el grado de coronel, se incorporó a la División Auxiliar del Alto Perú, comandada por el general altoperuano José María Pérez de Urdininea pero cuya jefatura real estuvo en manos del Manco hasta 1825 año en que el escenario de su vida cambiaría desde las quebradas y valles norteñas por las cuchillas orientales.

    ITUZAINGÓ
    Ese año el sordo conflicto entre las Provincias Unidas y el Imperio de Brasil, Portugal y Algarve por la ocupación de la Banda Oriental -que incluía a las Misiones Orientales – tras la victoria de los lusos sobre Artigas en Tacuarembó estalló abiertamente.

    El gobernador de Salta, el general Juan Antonio Álvarez, dispuso que Paz se incorpore al ejército argentino al frente del Regimiento de Cazadores compuesto por las tropas que había entrenado para participar en la nonata campaña del Alto Perú. Partió rumbo a Buenos Aires el 1 de diciembre de 1825 y engrosó sus tropas con los contingentes de Tucumán y Santiago del Estero, con los que se formó el Regimiento 2 de Caballería.

    Finalmente, en abril de 1826 se incorporó al Ejército de Operaciones donde fue nombrado jefe de su regimiento con el grado de coronel. El 20 de febrero de 1827, participó de la batalla de Ituzaingó donde su orgullo herido por un comentario del comandante en jefe del ejército, el general Carlos María de Alvear, hizo que entrara en acción sin esperar órdenes y ante la primera oportunidad que se le presentó. Otro que lo imitó en la desobediencia fue Juan Galo de Lavalle.

    Pese a que fueron diezmados, su intervención logró dispersar la caballería y desarticular la infantería imperial lo que aseguró la victoria. Tras la desobediencia, Alvear lo suspendió de su cargo y lo amenazó con consejo de guerra, aunque, luego, dio marcha atrás y reconoció el valor personal de Paz quien recibió los despachos de coronel mayor por parte del presidente Bernardino Rivadavia el 15 de marzo de 1827.

    Paz participó de la sableada de Camacuá, el 23 de abril de 1827 y, posteriormente, fue nombrado jefe del estado mayor general, el 25 de mayo, al regresar Alvear a Buenos Aires quien le entregó el comando del ejército, una designación que le valió ser el primer comandante general de carrera en la joven historia argentina un cargo que mantuvo hasta el 16 de julio cuando el general oriental Juan Antonio de Lavalleja asumió el mando del ejército cuyas tropas estaban impagas, hambrientas y desnudas.

    LAS GUERRAS SOCIALES
    Tras el armisticio con el imperio, Paz regresó a Buenos Aires el 1 de enero de 1839, donde Lavalle ―que acababa de derrocar y fusilar al gobernador legal Manuel Dorrego― lo nombró ministro de Guerra .

    Paz se dedicó a formar un ejército que lucharía contra los caudillos federales del interior comenzando por Bustos, que aún gobernaba Córdoba. En abril de 1829, atravesó el sur de Santa Fe y avanzó hacia la provincia mediterránea al frente de 800 veteranos de la guerra del Brasil, 80 artilleros y 90 reclutas con los que ocupó la ciudad de Córdoba el 12 de abril para, luego, derrotar, el 29 de abril, al gobernador en la batalla de San Roque pese a estar en notable inferioridad numérica.

    Tras una serie de negociaciones, Paz asumió como gobernador delegado. Bustos pidió ayuda al riojano Facundo Quiroga, el Tigre de Los llanos, quien acudió en su auxilio aunque ambos fueron derrotados en la batalla de La Tablada que se disputó del 22 al 23 de junio de 1829; un combate considerado una obra maestra de la táctica y estrategia de Paz.

    Tras la victoria, los jefes de paz ordenaron el fusilamiento de varios oficiales prisioneros. Fue el comienzo de una guerra cruel en la cual las tropas al mando de Juan Esteban Pedernera y Juan Pascual Pringles llevaron adelante una serie de razzias en las serranías cordobesas, plagadas de federales que se negaban a reconocer el mandato de Paz. En esas operaciones se cometieron toda clase de atrocidades y degüellos hasta llegar a contar -según algunos autores- más de 2500 muertes.

    Además, para solventar los gastos de guerra, las tropas del Manco impusieron contribuciones forzosas, enrolando en sus filas a quienes no pagaban, confiscó los bienes de Bustos y estableció impuestos al clero local cuya cúpula debió reemplazar por una más dócil.

    Consolidada su posición en Córdoba, Salta, Tucumán y Catamarca manifestaron su adhesión a Paz.

    Al año siguiente, un ejército de más de 5.000 hombres al mando de Quiroga invadió Córdoba para ser aplastado el 25 de febrero de 1830, por el Manco en Oncativo. “Es un general que gana batallas con figuras de contradanza”, escribió el riojano obligado a asilarse en Buenos Aires, mientras que uno de sus lugartenientes el Frayle José Félix Aldao, famoso por sus crueldades, cayó prisionero pero Paz le perdonó la vida.

    En sus memorias Paz contará cómo tuvo que padecer para evitar las deserciones en masa de muchos cordobeses convencidos de los poderes infernales de Quiroga: “‘Señor, piense usted lo que quiera, pero la experiencia de años nos enseña que el señor Quiroga es invencible en la guerra, en el juego’, y bajando la voz, añadió, ‘en el amor. Así es que, no hay ejemplar de batalla que no haya ganado; partida de juego, que haya perdido; y volviendo a bajar la voz, ni mujer que haya solicitado, a quien no haya vencido’”.

    “Cuánto se hubiera robustecido el prestigio de este hombre no común, si hubiese sido vencedor en la Tablada. Las creencias vulgares se hubieran fortificado hasta tal punto, que hubiera podido erigirse en un sectario, ser un nuevo Mahoma, y en unos países tan católicos, ser el fundador de una nueva religión, o abolir la que profesamos”, apunta.

    Tras la victoria despachó fuerzas hacia las provincias para integrarlas a las filas del unitarismo, una definición -al menos- ambigua. Así logró ocupar Mendoza, San Juan, San Luis y La Rioja donde los desmanes cometidos por Lamadrid, quien se ocupó de saquear los bienes personales de Quiroga y perseguir a su familia con lo que logró que el Tigre, que se consideraba vencido y fuera de la guerra, volviera al ruedo.

    El apoyo tucumano, le aportó la preeminencia en Catamarca; y una base para la invasión de Santiago del Estero. Con representantes de las provincias ocupadas más los salteños y tucumanos firmaron una alianza ofensiva y defensiva, una especie de confederación inorgánica, delegaba en el gobernador cordobés las relaciones exteriores y el comando bélico bajo el título de Jefe Supremo Militar, aunque las provincias aceptaban que englobaba, además, la autoridad civil y judicial.

    Era el 31 de agosto de 1830: había nacido la Liga del Interior que no se encontraría “ligada a ningún sistema político, obligándose recibir la Constitución que diere el Congreso nacional, siguiendo en todo la voluntad y el sistema que prevalezca en el Congreso de las provincias que se reúnan”, establecía el acuerdo.

    Enfrente, el 4 de enero de 1831, Estanislao López, el Patriarca de la Federación, de Santa Fe; Pedro Barrenechea de Entre Ríos y Juan Manuel de Rosas, de Buenos Aires rubrican el Pacto Federal.

    El cordobés envió una oferta de paz junto con un proyecto de organización constitucional, propuestas que fueron rechazadas tras lo cual las fuerzas de López avanzaron hacia la frontera con Córdoba, mientras sus subordinados incursionaban por el norte de la provincia. Por su parte, las fuerzas porteñas al mando de Juan Ramón Balcarce se dirigieron hacia la provincia mediterránea, mientras Quiroga cruzaba el sur cordobés rumbo a Cuyo, al tiempo que Ibarra retomaba la lucha en Santiago del Estero.

    El 5 de febrero, las avanzadas federales al mando de Ángel Pacheco vencieron a la vanguardia de Paz comandada por Pedernera en la batalla de Fraile Muerto, derrota que obligó al gobernador a salir a campaña, con la intención de obligar a López a presentar una batalla que el Patriarca se negaba a presentar mientras las fuerzas a sus órdenes con sus ataques de baja escala roían las bases de las fuerzas del cordobés.

    EL TÍO
    El 10 de mayo de 1831, mientras elegía el terreno en el que pensaba combatir a López, en un paraje conocido como La Lagunita, a ocho leguas de Santa Rosa, empieza a escuchar un tiroteo producto del encuentro de la vanguardia federal comandada por los hermanos Reynafé con una patrulla cordobesa en las proximidades de El Tío.

    Ante la novedad, Paz quiso comprobar las posiciones por sí mismo y se aproximó al lugar de combate acompañado por un ayudante, un ordenanza y un baqueano. Al anochecer se encontraron con un grupo de hombres que confundió con tropa propia y avanzó hacia la trampa. Al descubrirla, volvió grupas e intentó escapar hasta que un soldado, Francisco Ceballos o Zeballos, boleó al caballo que se desplomó y tomó prisionero al jinete.

    “Todo fue obra de pocos instantes -relata el general en sus memorias-; todo pasó con la rapidez de un relámpago; el recuerdo que conservo de él se asemeja al de un pasado y desagradable sueño” , apuntará Paz.

    Atado a la grupa de un matungo, los Reynafé lo entregaron a López, quien ordenó su trasladado a Santa Fe. Cosas del destino, Ceballos moriría dos años después en una asonada contra sus viejos jefes que derivaría en Barranca Yaco y la muerte del Tigre.

    Saturnino Gallegos, un testigo del encuentro entre Paz y López, citado por Adolfo Saldías contará algunos detalles: “Como ni el general López ni otro alguno abría conversación, el general Paz, rompiendo el silencio dijo; ‘Señor López, los soldados de usted son unos valientes y los míos unos cobardes, que me han abandonado a doce cuadras de mi ejército’.

    El general López asintió con un movimiento de cabeza y el general Paz, continuó: ‘Dejo un ejército, que en moral, disciplina, armamento, etcétera, es completo y capaz de batirse con el que usted presentase, fuese el que fuese; pero falto yo, todo es perdido; pues Lamadrid, que es quien queda a la cabeza, es incapaz de sacar ventaja alguna de su posición, careciendo de aptitudes para llevar a cabo mis planes’”.

    “Viva ese soldado Zeballos / que al manco lo sujetó / con un buen tiro de bolas / contra la tierra lo dio”, será una de las tantas coplas populares que se cantaron bagualas y pulperías.

    Enterado Rosas, le pidió a López que lo ejecute, a lo que el santafesino se negó.

    “…en una palabra, si hemos de tener Patria, es preciso que el general Paz muera. En el estado incierto y vacilante en que nos hallamos ¿qué seguridad tenemos que viviendo el general Paz no llegue alguna vez a mandar en nuestra República?”, escribía el Restaurador.

    “Si algún pretexto se presenta para salvar la vida de este hombre es el mérito que contrajo en la guerra contra los brasileros en que no se puede negar que hizo un grande bien al país, más yo no me atrevo a decidir si esto sería lo bastante para salvar una vida que delitos espantosos convencen que debe quitarse”, respondía López en un intercambio de cartas con Rosas en las que ninguno quería asumir la responsabilidad de ser el creador de un nuevo mártir. La solución hallada fue diferir la decisión hasta contar con el veredicto de un consejo de guerra integrado por todas las provincias. que indicase el “pronunciamiento expreso de todos los gobiernos confederados o por cosa semejante”. El consejo jamás se reunió.

    Y marchó preso a Santa Fe y el 15 de mayo de 1831, a las cuatro de la tarde el vencedor de Oncativo y La Tablada ingresó a la prisión de la Aduana. La tercera ventana del segundo piso, será su habitación. Comenzaban los primeros cuatro años de los ocho que durará su cautiverio durante el cual comenzará a escribir sus memorias y conocerá el amor.

    INTERLUDIO PARA EL AMOR
    En su prisión de la Aduana santafecina Paz recibió la visita de doña Tiburcia, su madre, a quien acompañaba su nieta, una moza de 18 años, hija de Rosario, la hermana menor del Manco, y del médico escocés Andrew Weild.

    La compañía no era casual pues a la Tiburcia se le había puesto en la cabeza que hijo y nieta maridaban bien, una idea que ya llevaba pregonando durante años.

    Cabezadura, tras tres años de gestiones, la Tiburcia logró un permiso de López para instalarse en Santa Fé y visitar a su hijo acompañado de Margarita. El amor hizo el resto y a fines de marzo de 1835, la madre, abuela y suegra se las rebuscó para colar un cura que los casó en el calabozo. Cuando los guardias le ordenaron que se retire, un abogado arguyó el derecho de convivencia y comenzaron su vida de casados.

    Durante ese tiempo, ella le llevó libros, papel, tinta y velas; remendaba su ropa, lo acicalaba y cocinaba.

    La historia estuvo matizada de crueldades como amenazas de degüello, o la advertencia a la joven de que no comiera pescados pues podían estar cebados con la carne de las víctimas.

    “No tiene importancia dónde nazca. Todo el país es una cárcel”, respondió Margarita cuando le pidieron que diera a luz a su hijo en Córdoba.

    El 16 de febrero de 1835, el general Quiroga fue en “coche hacia el muere” y fue asesinado en Barranca Yaco, lo que movió el tablero político. Rosas decidió trasladar a Paz a Luján y ordenó que se trasladara “al general y su familia” en condiciones decentes. Una orden que se ejecutó sin informarle a la familia que se sumió en la incertidumbre hasta que doña Tiburcia se enteró y partieron en una barcaza donde los tripulantes tendieron un toldo para resguardarlas.

    Tras varios meses de demora, el matrimonio logró volver a convivir -ahora con un hijo- y él se dedicaba a escribir sus memorias al tiempo que se ganaba unos pesos como zapatero improvisado. Al poco tiempo nació una niña que murió a los pocos meses y, posteriormente, tuvieron otra hija a la que bautizaron Margarita.

    En 1839, Paz fue liberado y enviado a Buenos Aires, con “la ciudad por cárcel” aunque le devolvieron el sueldo de general y le pagaron lo adeudado. Sin embargo, la conjura de Maza, la insurrección de los Libres del Sur dirigidos por Castelli y la fama del Manco lo colocaban a él y su familia en una posición demasiado precaria a pesar que Margarita había logrado que Rosas le ofreciera un cargo diplomático con la condición de que no volviera a tomar las armas.

    “En el entretanto hice dos visitas más a Manuelita Rosas, una con motivo de mi nombramiento de general y otra con no sé qué felicitación o quizá pésame que ocurrió; la última vez fui acompañado del general Heredia, y fue visible la frialdad de la hija del Gobernador. Se aproximaba la crisis y era indispensable una resolución decisiva”, la mirada de la niña fue el barómetro del peligro para el protagonista de cien batallas.

    Decididos a emigrar, el 3 de abril de 1840 cruzaron a la Banda Oriental y se instalaron en Colonia hasta que se separaron cuando Paz decidió volver a las armas. No se vieron entre 1840 y 1843.

    “ Desde que uní tu suerte a la mía, no podemos decir que hemos gozando un día de reposo. […] Espero que veré algún día mi familia rodeándome en el seno de la quietud y de la dicha”, escribió a su esposa. En otra carta le confiesa: “Tu llanto penetra mi corazón, no te separas un momento de mi memoria. Tu inquietud es el mayor de mis pesares. Te he dicho y repito que vivo para vos y no te olvido un momento. Te tengo sobre mi corazón. Me parecen siglos los dos meses que estoy ausente. Háblame, pues, derrama sobre mi corazón el consuelo y la alegría. Cuenta con mi eterno amor”.

    La pesadumbre por la separación fue tal que en 1845, cuando se hizo cargo de las fuerzas correntinas que enfrentaban a Rosas, llevó con él a Margarita y a sus hijos.

    En 1847 derrotado, traicionado, decepcionado y tras la muerte de otro hijo, Paz emigró al Janeiro con Margarita que esperaba su octavo hijo. Pobres de solemnidad, intentaron una granja y los gurises vendían las empanadas que preparaba su Margarita.

    A las diez de la noche del 5 de junio de 1848, después de haber parido a su noveno hijo, murió. “¡Cuánto te he querido!”, dicen que dijo antes de irse a los 33 años.

    LA VUELTA A LA GUERRA
    En 1841, Rosas se dirige a Paz y le reitera la oferta de acceder a un cargo diplomático, cosa que el cordobés rechaza para cruzar a Entre Ríos y unirse a Lavalle que estaba en Punta Gorda reuniendo tropas al amparo de la flota francesa para derrocar al Restaurador.

    Lavalle estaba dispuesto a embarcarse hacia San Pedro y le indicó a Paz que se dirigiera al norte, hacia Corrientes para reunir refuerzos para su campaña. Fue así que mientras Lavalle se llevaba las tropas correntinas hacia Buenos Aires, Paz se encontró en San Roque con el gobernador de Corrientes, Pedro Ferré, quien lo puso al frente del ejército provincial.

    Despojado de efectivos y recursos, el Manco organizó un ejército de jóvenes que fue conocido como los escueleros de Paz, al que se sumaron algunos ancianos. El arsenal constaba de apenas doscientos fusiles de chispa, algo de pólvora envejecida y un puñado de veteranos de sus Cazadores de la guerra contra el Brasil.

    Y el Manco lo hizo otra vez. Con ese rejunte aplastó al gobernador entrerriano Pascual Echagüe el 28 de noviembre de 1841 en Caaguazú, una obra maestra del arte de la guerra que, junto a Tablada y Oncativo, se estudia en las academias militares del mundo.

    Terminada la batalla, reunió a su ejército y ascendió a muchos de sus hombres. Pero hubo uno, un coronel, al que ascendió al generalato: Gregorio Aráoz de Lamadrid al que le cumplió la promesa de 1815 tras la derrota de Venta y media.

    Tras la victoria, Paz ocupó Paraná y se hizo nombrar gobernador de Entre Ríos, una decisión que disgustó a Ferré quien le retiró su apoyo por lo cual, y a pesar de haber firmado una alianza con el presidente uruguayo, Fructuoso Rivera, abandonó la ciudad provincia y se refugió en Montevideo donde lo esperaba su familia.

    Allí estaba cuando las fuerzas entrerrianas y del partido Blanco uruguayo, dirigidas por el general Manuel Oribe, vencieron a los colorados orientales y unitarios porteños del presidente Rivera en la batalla de Arroyo Grande, el 6 de diciembre de 1842. Una semana más tarde, Paz fue nombrado Comandante en Jefe del Ejército de Reserva y se dispuso a fortificar esa plaza para soportar el sitio de Oribe que contaba con el pleno apoyo de Rosas. Comenzaba la llamada Guerra Grande en el Uruguay.

    Tras organizar la defensa, con el invaluable apoyo de las flota anglofrancesa, Paz estuvo al frente de la ciudad hasta junio de 1844, cuando embarcó rumbo a Brasil desde donde regresó a Corrientes, llamado por el nuevo gobernador, Joaquín Madariaga, quien lo nombró Director de la Guerra contra Rosas.

    El plan del Manco era sencillo: atacar Entre Ríos aprovechando la ausencia del gobernador Justo José de Urquiza, y, desde allí, tratar de alcanzar Buenos Aires.

    Una de las bazas que disponía Paz era buscar el apoyo paraguayo, país que desde 1811 se autogobernaba y cuya independencia no era reconocida por la Confederación. En ese contexto firmó con el presidente guaraní, Carlos Antonio López, el Tratado de Alianza y Convención Adicional del 11 de noviembre de 1845 pacto por el cual envió un pequeño ejército al mando de su hijo, el después presidente Francisco Solano López, pero que nunca llegó a unirse a las fuerzas correntinas.

    Al frente del Cuarto Ejército, Paz intentó que las fuerzas entrerrianas de Urquiza y Servando se adentraran en Corrientes para atraerlas a una trampa en en los esteros de Ubajay. Pero Urquiza, que era tan astuto como él, no sólo no cayó en la trampa, sino que aprovechó la oportunidad para ocupar más de la mitad de la provincia y fomentar a la opinión contra el cordobés. El cazador se convirtió en cazado y el jefe de la retaguardia correntina, Juan Madariaga, cayó en su propio lazo y no sólo fue derrotado en Laguna Limpia, el 8 de febrero de 1846, sino que, además cayó prisionero con toda la correspondencia lo cual puso al entrerriano al tanto de los planos del enemigo.

    Con esa información, Urquiza avanzó hasta la posición defensiva de Paz, desde donde comenzó a retroceder, sin ser perseguido, hasta Entre Ríos, al tiempo que comenzó a negociar con el gobernador correntino, Joaquín Madariaga, a través de su hermano Juan, gestiones a las que Paz se opuso al punto tal que logró que la Legislatura correntina, en marzo de 1846, deponga a Madariaga cuyos partidarios se sublevaron y obligaron al Manco a escapar rumbo al Paraguay.

    Sin la férrea oposición de Paz, Urquiza y Madariaga firmaron el Tratado de Alcaraz, por el cual Corrientes volvía a la Confederación, devolvía el encargo de las relaciones exteriores a Rosas, pero quedaba liberada de la obligación de apoyar la Guerra Grande en Uruguay. El tratado fue rechazado por Rosas quien obligó a Urquiza a invadir Corrientes a fines de 1847, esta vez con el apoyo de los hermanos Virasoro para vencer a Madariaga en Potrero de Vences, batalla que dejó 700 cadáveres y 2.200 prisioneros muchos de los cuales fueron degollados a conciencia. Ya no quedaba oposición al gobierno de Rosas.

    EL FINAL
    Paz terminó asilado en Río de Janeiro, pobre y granjero. El 5 de junio de 1848, Margarita, su esposa murió pariendo al noveno hijo. Seis de ellos murieron pequeñitos. Como pudo, completó sus Memorias.

    Estaba seguro que la caída de Rosas sería de la mano de sus propios partidarios. Cuando se produjo el pronunciamiento de Urquiza, creyó que la hora había llegado y se llegó a Montevideo a esperar que las cosas decantaran. En 1853, tras Caseros, retornó a Buenos Aires, una decisión que disgustó a Urquiza quien, sin embargo, le reconoció el grado de brigadier general de la Confederación Argentina pese a lo cual tras la revolución del 11 de septiembre de 1852, Paz apoyó a la secesionista Buenas Aires en contra del gobierno confederal con sede en Paraná.

    En ese sentido, el gobernador porteño, Manuel Guillermo Pinto, le encargó que recorriese las provincias para sumarlas a la causa de Buenos Aires, rechazar el acuerdo de San Nicolás y formar un congreso constituyente sin federales. La misión murió antes de empezar, pues los gobernadores de Santa Fe y Córdoba le negaron los salvoconductos y le prohibieron entrar en ellas, una respuesta que hizo que el nuevo gobernador, Valentín Alsina, lo pusiera al mando de un ejército destinado a invadir ambas provincias.

    El sitio de Buenos Aires por parte de Hilario Lagos hizo que dejase su campamento de San Nicolás y regresase a la capital, donde fue nombrado ministro de Guerra para organizar la defensa de la secesionista Buenos Aires.

    El bloqueo de la capital fue levantado cuando los porteños sobornaron al jefe de la flota confederal, el estadounidense John Halstead Coe, quien cambió de bando. Tras la traición, Coe abordó la corbeta Jamestown rumbo a su país en medio de una celebración en el puerto de Buenos Aires, cuando el ahora millonario marino quiso estrechar la mano de Paz, este le negó el saludo respondiéndole: “El General Paz no saluda a traidores”.

    Pese a su desacuerdo con la política de Buenos Aires, fue electo como constituyente porteño, un cargo que apenas pudo ejercer a causa de sus achaques de salud aunque asistió al acto de aprobación y firma de la carta magna estadual el 11 de abril de 1854. En esa ocasión se manifestó en contra de que ese acto fuera entendido como una declaración de independencia.

    El 26 de julio de 1854 cumplió su última misión oficial: recibió en el puerto de Buenos Aires los restos del general Carlos María de Alvear, camarada de armas en las guerras de la Independencia y su jefe en la guerra contra el Brasil, fallecido como plenipotenciario en Washington durante el gobierno de Rosas.

    Murió en Buenos Aires el 22 de octubre. Tenía 63 años.

    Su cuerpo fue embalsamado, según las costumbres de la época, y colocado en un ataúd de plomo, pino y caoba que se depositó en el sepulcro familiar. En medio de un acto destinado a galvanizar la identidad porteña.

    “Él no pidió a su Patria sino un lugar entre los combatientes de la buena causa; él no pidió al poder sino los medios de servir a la Patria; él no pidió a las armas sino la fuerza para hacer triunfar los principios de su credo político; él no pidió al corazón de los demás sino la firmeza para preservar en la religión austera del saber”, dijo Mitre en su despedida.

    En 1913 se dictó la ley 9140 que disponía la suma de 50.000 pesos erigir en el cementerio de la Recoleta un mausoleo para los restos del general que estaría a cargo del escultor Luis Rovaiti y que sería supervisado por la Comisión Nacional de Homenaje presidida por el teniente general Pablo Riccheri. El traslado de los restos se efectuó el 10 de octubre de 1928 en una ceremonia a la que asistieron el presidente, Marcelo T. de Alvear, nieto de Carlos María cuyos restos había recibido Paz en su último acto oficial.

    En 1956, cadetes de la décima promoción del liceo militar que lleva su nombre, trasladaron los restos de Paz desde la Recoleta hasta la catedral de Córdoba en cuyo atrio descansa junto a los restos de su Margarita que fueron repatriados desde Brasil.

    “Lleguen o no lleguen, algún día van a ver la luz pública estas memorias. Cuando las escribo, lo hago fijando mi vista en mis contemporáneos a quienes no temo desafiar a que me desmientan si pueden. Pero no, no lo harían porque no podrían; tampoco lo harán mis compañeros de armas, quienes si se quejan, es de no haberme acomodado a la desgraciada época en que nos tocó vivir”. Así comienzan las Memorias póstumas del Brigadier General José María Paz.

    “La poesía no es otra cosa que la sublevación del hombre contra la razón. Por eso yo he dedicado mi vida a luchar contra la poesía, cosa nada fácil en este país en donde un hombre montado en un caballo moro puede levantar su lanza y hacer un firulete contra el cielo como si dibujara la rúbrica de su terrible nombre, Facundo Quiroga. Esos poetas de los gestos son los dueños de mi patria. El 18 de agosto de 1833 empezó mi cautiverio que duró ocho años, y durante esos ocho años escribí estas memorias. Cuando un mundo inmenso se reduce al espacio que cabe entre las cuatro paredes de una prisión, cada centímetro cuadrado adquiere la jerarquía del universo”, escribirá sobre él Dalmiro Sáenz en Mis olvidos.

    Fuente: https://www.inforegion.com.ar/2020/09/09/jose-maria-paz-el-manco-que-combatia-a-los-poetas/

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