Batalla de Curupaytí, orgullo del Paraguay

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    En la mañana del 22 de septiembre de 1866, tras varios días de una lluvia intensa y cuatro horas del bombardeo de lo acorazados brasileños, el ejército de la Triple Alianza, conformada por Brasil, la Argentina y Uruguay se lanzó sobre la fortaleza de Curupaytí, a unos 220 kilómetros de Asunción.

    Desde el principio, las cosas salieron mal para los casi 18.000 atacantes: el cañoneo brasileño perdió sus objetivos y casi no dañó las defensas paraguayas, el barro de las lluvias convirtió el terreno en un pantano y no se realizó el reconocimiento previo necesario. Luego de cuatro horas de cargas y marchas, los aliados se retiraron dejando enormes bajas en el campo.

    A pesar del valor desplegado en el ataque por todos los combatientes, desde los generales a los soldados, los aliados sufrieron 4.000 bajas y los paraguayos, que no podían ser alcanzados desde su inconquistable posición, perdieron sólo 92 hombres.

    La batalla de Curupaytí, fue la derrota más grande de la Triple Alianza en la Guerra del Paraguay y constituyó la última victoria del ejército paraguayo de Francisco Solano López antes de su derrota total.

    Para los aliados fue un punto de quiebre que potenció la desconfianza. Jefes militares brasileños y, en menor medida, argentinos se veían como aliados circunstanciales, ya que se consideraban probables enemigos del futuro.

    Para el Paraguay, en cambio, fue un motivo de orgullo y un efímero respiro que no modificó en nada el desenlace final. A pesar de la reducida cantidad de muertos en relación con las bajas de los aliados en la batalla, el país no sólo fue aniquilado en su población y su economía, sino también política y moralmente.

    Si bien hay dudas sobre el comienzo exacto de la Guerra de la Triple Alianza, o Guerra del Paraguay o Guerra Grande, según la perspectiva, para la mayoría de los historiadores adquiere su dimensión exacta con la invasión paraguaya de la provincia argentina de Corrientes, en abril de 1865, ordenada por el entonces dictador del Paraguay, el mariscal Francisco Solano López, para llegar con sus ejércitos al Uruguay e intervenir en la guerra civil. La agresión propició la alianza entre la Argentina y Uruguay con Brasil, que ya se encontraba en conflicto con el Paraguay en el Mato Grosso e involucrado también en los conflictos internos del Uruguay.

    La Triple Alianza, con el presidente argentino Bartolomé Mitre como comandante general, derrotó a las columnas paraguayas y las expulsó de Corrientes en enero de 1866, dando inicio a la invasión del Paraguay y a la campaña para desbaratar el complejo defensivo de Humaitá, en el camino a Asunción. Así, tras una categórica victoria en mayo en Tuyutí y una rápida conquista del fuerte de Curuzú en septiembre, los aliados pretendieron hacer lo mismo con Curupaytí, la formidable fortaleza justo sobre la vera del río Paraguay y defendida por unos 5.000 soldados paraguayos.

    El comandante de la escuadra brasileña, barón de Tamandaré, había prometido que destruiría ‘tudo isso em duas horas’, pero el bombardeo de los cañones de grueso calibre no hizo mella a las baterías paraguayas ni destruyó los depósitos de municiones. La superioridad aliada en armamentos modernos fue compensada por las ventajas defensivas por parte del Paraguay, como el conocimiento del terreno y el fácil acceso a fuentes de provisión de alimentos en la retaguardia.

    El número de bajas entre los aliados es motivo de discusión, con algunos historiadores hablando de tanto como 10.000 entre muertos y heridos, aunque las estimaciones más actuales consideran unos 2.000 brasileños y 2.000 argentinos, en todo concepto. Diezmados por anteriores batallas, las fuerzas uruguayas casi no participaron del asalto a Curupaytí.

    En el caso argentino, la sangría llegó a todos los niveles de la jerarquía militar: entre los muertos figuraban «Dominguito» Sarmiento, hijo adoptivo del futuro presidente, y Francisco Paz, hijo del vicepresidente Marcos Paz, en ejercicio durante la guerra; en tanto el pintor Cándido López perdió una mano en el combate.

    Dada la magnitud del descalabro fue necesaria una larga etapa de reorganización que duró casi un año, pues recién en junio de 1867 pudo el comando aliado ordenar un movimiento de flanco del este para interponerse entre las fortificaciones paraguayas y la ciudad de Asunción.

    La debacle en Curupaytí, las enfermedades y una serie de revueltas en las provincias argentinas de Cuyo limitaron la participación argentina en el conflicto, y a partir de finales de 1867 las fuerzas brasileñas al mando del Duque de Caxias y bajo la mirada del emperador Pedro II tomaron la iniciativa en la etapa final de la guerra, que terminó con la caída de Asunción y la persecución del mariscal López hasta su muerte en Cerro Corá, al noreste de Paraguay, en 1870.

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