El extraño ritual de la hija de Dorrego para recordar a su padre

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    El 13 de diciembre de 1828, Juan Lavalle ordena fusilar a Manuel Dorrego, luego de la derrota en la batalla desarrollada en Navarro, provincia de Buenos Aires.
    En el momento de su muerte, el que había sido gobernador de Buenos Aires estaba casado con Ángela Baudrix y tenía dos hijas, Isabel y Angelita. Para superar el dificil momento, las mujeres se dedicaron a ser costureras del ejército, que en 1845 Juan Manuel de Rosas finalmente les otorgó una pensión que les correspondía y les había negado durante años.
    Isabel, la hija mayor siempre lo tuvo presente. La mujer nunca formó familia y sobrevivió tanto a su madre como a su hermana. Tenía solo doce años cuando murió su padre y, afectadísima por la falta de su progenitor, nunca abandonó el luto. Vivía sola, pero cada 13 de diciembre, el aniversario del fusilamiento de padre, era visitada por parientes y amigos. Protagonizaba entonces un extraño ritual. Sentada en el sillón principal, con todos a su alrededor, un criado le acercaba una bandeja de plata y, sobre ésta, la cabeza de un gallo. En ese momento, año a año la mujer exclamaba: «¡Es la cabeza de Lavalle!».

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