La increíble vida de Gregorio Aráoz de Lamadrid

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Gregorio Aráoz de Lamadrid nació en Tucumán el 28 de noviembre de 1795. En 1811 se incorporó a las milicias del general Manuel  Belgrano, que tendría en él a uno de sus hombres más cercanos y confiables en las batallas de Salta y Tucumán pero también en las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. Volviendo con aquellas tropas destrozadas obtuvo las victorias de Colpayo y Costa de Quirbe. Lamadrid no era para estarse quieto y marchó a una nueva campaña al Alto Perú a las órdenes de Rondeau. En la batalla de Venta y Media salvó al herido general De la Cruz, que estaba a punto de caer en manos del enemigo español. Esto le valió el ascenso a Teniente Coronel.

Cuentan que antes de una de las muchas batallas que jalonaron su existencia, un subalterno osó molestar para consultarle sobre la disposición de las tropas. El general lo miró con furia y notablemente molesto lo increpó. “Pero hombre, ¿no ve que estoy componiendo?”. Guitarrero y payador, era conocido como el general “Vidalita”, ya que componer era su forma de entretenerse durante las largas campañas y de exaltar el ánimo de sus soldados junto al fogón, en los momentos previos al combate.

Volvió con Belgrano y en abril de 1817, al mando de 150 hombres, sitió y ocupó la ciudad de Tarija. Siguió batallando y llegó a Tucumán con 386 soldados, más del doble del número original porque se le fueron sumando voluntarios en el camino. Belgrano lo ascendió a coronel.

Gregorio Aráoz de Lamadrid lo visitó a Belgrano  hasta su lecho de muerte. Sirvió también a San Martín, que creyéndose con pocos días de vida le regaló su sable, extraviado por Lamadrid en una batalla. También sirvió al general Paz

Cuando las batallas por la independencia se mezclaban con las guerras civiles y Lamadrid optó por el bando unitario. Será el gran enemigo de Facundo Quiroga, que lo derrotó en El Tala en octubre de 1826. Aquí ocurrió una escena de película en la vida de Lamadrid: se le vino encima un pelotón de 15 montoneros a los que enfrentó solo. Terminó con el tabique nasal roto, costillas quebradas, una oreja cortada, una herida en el estómago y un tiro de gracia en la cabeza. Sacando fuerzas de vaya a saber dónde, logró arrastrarse hasta un rancho y sobrevivir. El Tala fue una derrota tremenda, pero también el nacimiento de la leyenda “Lamadrid el inmortal”. Para diciembre ya había recuperado no sólo la salud sino el mando de su provincia y las ganas de revancha frente a Quiroga, que lo volvió a derrotar en Rincón de Valladares en julio de 1827. Eligió el exilio en Bolivia pero al enterarse de la sublevación de Lavalle, a fines de 1828, se unió a sus filas y trató de impedir el fusilamiento del gobernador derrocado Manuel Dorrego.

La revancha con Facundo Quiroga le llegaría en las batallas de La Tablada y Oncativo, tras las cuales desataría su furia y una carnicería contra los montoneros derrotados. Un hecho inesperado pondría en jaque a los unitarios del interior, la captura de su máximo jefe político-militar, el general Paz, por hombres de Estanislao López. Lamadrid debió asumir la jefatura en un contexto desfavorable, con la creciente influencia de Rosas en todo el país. Llegaría la hora señalada para Quiroga, el tigre de Los Llanos, en La Ciudadela de Tucumán el 4 de noviembre de 1831. La derrota fue total y Lamadrid marchó a Bolivia y de allí a Montevideo en 1834.

Lavalle, que venía de fracasar en su intento de invadir Buenos Aires con apoyo francés, decidió unir fuerzas con Lamadrid en Córdoba. Pero se desencontraron y Lavalle fue derrotado en Quebracho Herrado y partió a La Rioja, y Lamadrid decidió hacerse fuerte en Tucumán desde donde lanzó una ofensiva sobre Cuyo que terminaría en la derrota de Rodeo del Medio en 1841. Se marchó a Chile con la ayuda de Sarmiento.

Las noticias corrían lentas y Lamadrid no pudo enterarse a tiempo que Lavalle moría asesinado en Jujuy. En 1846 volvió a Montevideo para unirse al exilio antirrosista. Cinco años más tarde sería contactado por emisarios de Justo José de Urquiza para que comandara una de las alas del “ejército grande” que pondría fin al período rosista en la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852. Cuando la tropa hizo su entrada a Buenos Aires hubo un solo oficial llevado en andas por la gente: Don Gregorio Aráoz de Lamadrid.

Sus memorias son, junto a las del general Paz, fuente imprescindible para conocer la historia desde la mirada unitaria. Murió en Buenos Aires el 5 de enero de 1857, pero su cuerpo fue trasladado a su querida Tucumán y depositado en la catedral.

Fuente:

https://www.historiahoy.com.ar/gregorio-araoz-lamadrid-el-general-vidalita-n564

https://www.clarin.com/viva/columnistas_viva-felipe_pigna-araoz_de_lamadrid_0_HJzk–FP7l.html

 

 

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