La decisión de Belgrano que cambió la historia

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El coronel Manuel Belgrano asumió la jefatura del Ejército del Norte el 26 de marzo de 1812, en la Posta de las Yatasto. Pocos días después, el 3 de abril, se encontró con un ejercito desmoralizado, desorganizado, hambriento, con muchos enfermos, sin uniformes ni municiones. Los efectivos se limitaban a unos mil quinientos hombres, en su mayoría infantes sin adecuada instrucción, de los cuales solo la tercera parte disponía de armas de fuego.
Con gran decisión y energía se consagró a la tarea de incrementar sus tropas, tanto en cantidad como en capacidad, instalando su Cuartel General en Campo Santo (unos 50 kilómetros al noreste de la ciudad de Salta). Mientras tanto, las fuerzas realistas de Pio Tristán, ccompuestas por unos tres mil quinientos efectivos, se desplazaban lentamente hacia el sur sometiendo toda oposición que hallaban a su paso.
En Cochabamba encontraron la tenaz resistencia del pueblo y su marcha se vio interrumpida.
El 27 de mayo aplastaban a sangre y fuego, en la colina de San Sebastián, la desesperada lucha entablada con palos y piedras por las mujeres cochabambinas. Este hecho de armas se recordaría como la masacre de las “Heroínas de la Coronilla”. El rigor empleado logró sofocar a la rebelión, pero la estrategia de dominar a través del terror resultó ser una medida equivocada que volcó la voluntad popular a favor de los patriotas.
Un par de años después, Belgrano se referiría a esta política como “manejarse a la española” y agregaba: “…en consecuencia destierros, prisiones varias…”, sin olvidar los ajusticiamientos, como el que se realizó en Cochabamba con Antezana, que luego fue decapitado y su cabeza clavada en una estaca exhibida en la plaza mayor.
El Prócer tomó conocimiento de la caída de Cochabamba casi un mes después, el 22 de junio. La situación de nuestras fuerzas era complicada. Belgrano sabía que no podría enfrentar a los realistas con las escasas fuerzas con que contaba.
Además, a principio de mes había recibido un mensaje de Buenos Aires que le ordenaba replegarse con su ejército hacia la ciudad de Córdoba, debiendo pasar previamente por la ciudad de Tucumán, para requisar armamento y sumar efectivos. El mensaje señalaba: «…Si la superioridad de las fuerzas de Goyeneche le hicieran dueño de Salta, y sucesivamente emprendiese, como es de inferir, la ocupación del Tucumán, tomará V.S. anticipadas disposiciones para trasplantar a Córdoba la fábrica de fusiles que se halla en aquel punto, como la artillería, tropa y demás
concerniente a su ejército…».
No estaba en el ánimo de Manuel Belgrano retirarse dejando a los pueblos expuestos a las represalias de los realistas y decidió marchar hacia el sur junto a los civiles.
Así se originó el Éxodo Jujeño.
La “marcha retrógrada” comenzó el 23 de agosto de 1812, cuando las fuerzas realistas se encontraban a las puertas de San Salvador de Jujuy.
La sacrificada travesía del pueblo jujeño, acompañado por el ejército en pleno invierno y con jornadas extenuantes, en que debían recorrer más de cincuenta kilómetros acosados constantemente por la vanguardia realista, es una gloriosa página de nuestra historia.
El 3 de septiembre un hecho inesperado vino a modificar el alicaído ánimo de los patriotas: la victoria de nuestras tropas, comandadas por Díaz Vélez, en Las Piedras, combate librado entre la retaguardia de la formación de Belgrano y la avanzada realista.
Luego de esta victoria, Manuel Belgrano envió una nota al gobierno señalando (7): «…V. E. debe persuadirse que cuanto más nos alejemos, más difícil ha de ser recuperar lo perdido, y también más trabajoso contener la tropa para sostener la retirada con honor, y no exponernos a una total dispersión y pérdida de esto que se llama ejército; pues debe saber cuánto cuesta y debe costar hacer una retirada con gente bisoña en la mayor parte, hostilizada por el enemigo con dos días de diferencia…»
El 9 de septiembre, la caravana hizo alto en la Encrucijada, paraje ubicado a 36 km al noreste de la ciudad de Tucumán.
Este sitio se encontraba sobre el camino de las carretas, conocido antiguamente como el camino de Burruyacu. Continuando con rumbo sureste se podía alcanzar Santiago del Estero, sin pasar por la ciudad de Tucumán. Desde allí, Belgrano envió a Juan Ramón Balcarce a Tucumán con la misión de reclutar y entrenar un cuerpo formado por milicianos locales. Balcarce también llevaba cartas para la poderosa familia Aráoz, en las que se solicitaba ayuda económica y de recursos para el ejército patriota.
Cabe señalar que entre los efectivos de Belgrano se encontraban dos miembros de esta familia, Eustaquio Díaz Vélez Aráoz y Gregorio Aráoz de Lamadrid, como mayor general y teniente respectivamente.
Cuando Balcarce comunicó a los tucumanos la orden del Triunvirato, señalando que las fuerzas patriotas bajarían hasta Córdoba, cundió la alarma. El Cabildo y el pueblo tucumano habían apoyado a la Revolución de Mayo. Si la ciudad caía en manos de los realistas enfrentarían duras represalias.
Existe un testimonio de 1869, una carta del general Rudecindo Alvarado a una de las hijas de Bernabé Aráoz, en la que cuenta los sucesos de aquel día.
“…envolvía la convicción de la superioridad de las fuerzas realistas, de la debilidad de las independientes y, lo que era más afligente, se desconocía el punto hasta donde podría ausentarse nuestro pequeño ejército, con lo cual se temía que la retirada fuera hasta la propia Buenos Aires y no hasta Córdoba. Fue en esos momentos de nerviosismo general que llegó a Tucumán el teniente coronel Juan Ramón Balcarce, enviado por Belgrano. A poco de arribar dispuso que todos presentaran las armas que tuviesen. Se le entregaron las escopetas, sables, pistolas y hasta espadines de los cabildantes, de lo que se apoderó el señor Balcarce sin más excepción de mi sable y pistolas, que como oficial me fueron devueltas. La requisa exaltó a los ánimos de los patriotas tucumanos, y muy notablemente el del señor Bernabé, padre de usted, en cuya casa se practicó una reunión de vecinos y se acordó por unanimidad nombrar una comisión cerca del comandante Balcarce…”
Inmediatamente los cabildantes llamaron a una sesión pública y se dispuso enviar una representación para solicitarle a Belgrano que no abandonara a su suerte a los tucumanos.
Al día siguiente, 10 de septiembre, se presentaron en la Encrucijada, los vecinos más representativos de la ciudad. Allí estaban Bernabé Aráoz, Rudecindo Alvarado, Diego Aráoz y el eclesiástico doctor Pedro Miguel Aráoz entre otros. En la carta mencionada anteriormente, Rudecindo Alvarado recordaba: “…éste pidió mil hombres montados y una suma de dinero, y el señor don Bernabé contestó que en lugar de mil
serían dos mil lo que ofrecía, y en cuanto a la suma de dinero, dijo que sería llenada inmediatamente…”
El compromiso patriótico asumido por los tucumanos terminó por persuadir a Belgrano que era posible dar batalla a los realistas en esta ciudad y de la inconveniencia de retroceder hasta Córdoba.
El 12 de septiembre, comunicó al triunvirato su decisión desde el río Salí: «…Son muy apuradas las circunstancias y no hallo otro medio que exponerme a una nueva lección: los enemigos vienen siguiéndonos. El trabajo es muy grande si me retiro y me cargan, todo se pierde, y con ello nuestro total crédito.
La gente de esta jurisdicción se ha decidido a sacrificarse con nosotros, si se trata de defenderla y de no, no nos seguirán y lo abandonarán todo, pienso aprovecharme de su espíritu público y energía para contener al enemigo, si me es dable, ó para ganar tiempo a fin de que se salve cuanto pertenece al Estado.
Cualquiera de los dos objetivos que consiga es un triunfo y no hay otro arbitrio que esperarse. Acaso la suerte de la guerra nos sea favorable, animados como están los soldados y deseosos de distinguirse en una nueva acción.
Es de necesidad aprovechar tan nobles sentimientos, que son obra del cielo, que tal vez empieza á protegernos para humillar la soberbia con que vienen los enemigos, con la esperanza de hacer tremolar sus banderas en esa capital. Nada dejaré por hacer. Nuestra situación es terrible, y veo que la patria exige de nosotros el último sacrificio para contener los desastres que la amenazan…”
Una carta realmente conmovedora, que transmite la gravedad del momento y la decisión de Belgrano de jugarse el todo por el todo en tan adversas circunstancias.
Un día después, arribó a Tucumán y encontró a Balcarce entrenando a un grupo de cuatrocientos voluntarios que llevaban improvisadas lanzas por todo armamento.
Las tropas armaron campamento en el centro de la ciudad, actual Plaza Independencia, frente al Cabildo. Por aquel tiempo se la llamaba Plaza Mayor, y era un polvoriento descampado sin parquizar​.
Mientras tanto, el ejército realista encontraba grandes obstáculos para avanzar. La estrategia de terreno arrasado, adoptada por Belgrano, los privaba de medios e instalaciones para pernoctar o reaprovisionarse.
Además, partidas de gauchos, organizadas por Díaz Vélez, los hostigaban constantemente. Recién el 23 de septiembre, desde el paraje llamado Los Nogales, conoció Tristán la decisión de Belgrano de dar la batalla en Tucumán.
Decisión que, sin dudas, salvó a la Revolución de Mayo con una victoria trascendente en «la más gaucha de todas las batallas».

Autores:
Mariana Rosi Belgrano y Alejandro Rossi Belgrano (Revista Digital Belgranianos)

 

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