Muere Bernardino Rivadavia

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El 2 de setiembre de 1845 en Cádiz, España, moría Bernardino Rivadavia, el primer presidente que tuvo Argentina. De realizar grandes obras e iniciativas, pasó a contraer la primera gran deuda externa con Inglaterra y firmar un mal acuerdo con Brasil después de una guerra ganada en el campo de batalla por lo cual fue expulsado del país.

Bernardino Rivadavia murió el 2 de setiembre de 1945 en Cadiz, España. Lejos de su Patria, a la que pidió, en su testamento, nunca más regresar, murió solo, pues había enviudado y sus hijos lo abandonaron para unirse a la causa federal de Rosas, que el había combativo y que lo había expulsado del país. Murió de una apoplegía fulminante en su casa, en donde actualmente está ubicado el Consulado Argentino.

Rivadavia fue un hijo de un español y de una criolla. Siendo joven se enroló en el ejercito y luchó contra los ingleses, cuando estos invadieron Buenos Aires. Se adhirió a la causa revolucionaria en Mayo de 1810 y su gran momento le llegó cuando fue nombrado Secretario del Primer Triunvirato, donde manejó a los triunviros y ejecutó medidas polémicas, como no autorizar a la Bandera que había creado Manuel Belgrano o también ordenar el fusilamiento de Martín de Alzaga y 30 conspiradores, que se habían levantado en armas. Su desgastada gestión vio su final, cuando retó a Belgrano por desobedecer a orden de regresar a Córdoba a enfrentar a lo realistas, mientras este ya los había vencido en Tucumán.

San Martín y sus Granaderos lideraron lo que para muchos fue el primer golpe de Estado del país. Este grupo desalojó del poder de Rivadavia y los suyos, con lo cual, este fue condenado al exilio. Pero en 1814 ya estaba activo de nuevo y fue en ese año, donde el Director Supremo lo envió a Europa, junto a Belgrano y Sarratea a pedir reconocmiento por el nuevo país. No lo consiguieron y Belgrano regresó primero contando noticias no muy favorable del comportamiento de Rivadavia que se quedó en el Viejo Continente hasta 1820. Regresó y acompañó en el gobierno a Martín Rodríguez como su ministro de gobierno. Desde allí impulsó la primera ley electoral, que habilitaba a votar a la gente decente “que se presente vestida de traje y levita”, excluía a peones y empleados domésticos. Clausuró los cabildos y aplicó una profunda reforma administrativa de justicia, creando el Tribunal Supremo. Refundó el Colegio de San Carlos, llamándolo de Ciencias Morales; fundó la Universidad de Buenos Aires, las academias de Medicina, de Música y las Sociedades de Ciencias Físicas y Matemáticas y de Jurisprudencia. Su sistema de escuela pública contemplaba que el alumno que cumplía su ciclo elemental, pasaba a ser maestro en otra escuela, generando un efecto multiplicador. Bajo su gestión vio la luz el Archivo General, el Departamento Topográfico y Estadístico, el Museo de Ciencias Naturales y vio la luz la Sociedad de Beneficencia. Dictó una “ley de olvido” que favoreció a varios políticos que sufrían destierro, abolió el fuero eclesiástico, suprimió el diezmo y legisló sobre la edad para la consagración eclesiástica y la cantidad de integrantes de cada convento y confiscó propiedades de la iglesia. Lo que era la residencia del obispo, pegada al Cabildo, pasó a ser sede de la Policía, popularmente llamada “el hotel del gallo”, por el animal que su primer jefe, Joaquín de Achával, había incorporado al logo de la institución.

Pero todas estas medidas quedarían opacadas por una que atravesaría, para mal, todos los gobiernos: el empréstito Baring Brothers. Todo había comenzado cuando una violenta sudestada desatada el 21 de agosto de 1820 destruyó el muelle del puerto porteño. Gestionó un préstamo de un millón de libras que sería destinado a la construcción de un puerto, a la fundación de pueblos costeros en la provincia de Buenos Aires y a obra pública. Sin embargo, cuando se descontaron las comisiones de intermediarios, llegaron a Buenos Aires solo 570 mil, la mayor parte en letras de cambio. El préstamo fue al 6% anual, pagado semestralmente, con una amortización del 1% anual. Como garantía, el gobierno puso a la tierra pública. Entonces, como la tierra hipotecada tenía prohibida su enajenación, lanzó la Ley de Enfiteusis, que establecía un arrendamiento contra el pago de un canon. La deuda recién sería cancelada por Roca en 1904.

El Congreso General, que había comenzado a reunirse en 1824 para dictar una Constitución, sancionó una ley de presidencia. Y el 7 de febrero de 1826 el mulato hijo de un godo fue consagrado por 35 votos; sus contrincantes, Alvear, Lavalleja y Alvarez de Arenales obtuvieron un voto cada uno. Su corta gestión estuvo marcada por la guerra con el Brasil, en que tuvo que destinar la mayoría de los recursos. Su ley de Capitalización de Buenos Aires generó fuertes rechazos, así como la Constitución unitaria de 1826. Un pésimo arreglo diplomático del ministro Manuel García con los brasileños, cuando teníamos la guerra ganada, sumado al rechazo al sistema presidencialista en el interior, hicieron que Rivadavia renuncie el 7 de julio de 1827. Nunca más ocuparía un cargo público.

Partió a Europa y regresó a Uruguay, donde vivió un par de años hasta que por cuestiones políticas tuvo que regresar a Europa. Estando en el vecino país, murió su esposa y cuando decidió regresar a Europa, el único hijo que en ese momento lo acompañaba, decidió quedarse y adherirse a la causa Federal que Bernardino tanto había combatido.

Dos sobrinas lo acompañaban en Cádiz, pero decidió correrlas, indicando que estas le robaban. Quedó solo y el martes 2 de setiembre de 1845, una apoplejía fulminante. En su testamento pidió no ser enterrado ni en su país ni en Uruguay. Sin embargo decadas después, sus restos serían repatriados.

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