Nace Emanuel Ginobilli

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El 28 de julio de 1977, nace en Bahía Blanca el mejor jugador argentino de basquet de todos los tiempos, Emanuel Ginobilli.

Jorge Ginóbili, Yuyo para los amigos, se resistía. No quería que su próximo hijo se llamara Emanuel porque “lo van a llamar Manolo”, argumentaba con cierto enfado frente a Raquel, su esposa. Pero la decisión de la mamá fue cosa juzgada. Ella había leído poco antes en la Biblia el significado de ese nombre y le había encantado: “Dios con nosotros”. Yuyo, a lo sumo, tenía derecho a elegir uno de mujer. “Aunque estábamos seguros de que venía el tercer varón”, afirmó quien fue uno de los padres más felices y orgullosos del domingo 15 de junio último, cuando su hijo Manu le regaló el título de la NBA conseguido con San Antonio Spurs en los Estados Unidos.

Emanuel David -por su abuelo paterno- nació a las 7 del 28 de julio de 1977 en el Hospital Italiano, en Bahía Blanca. Unos días después, el nuevo hermanito de Leandro, nacido el 17 de marzo de 1970, y Sebastián, del 10 de junio de 1972, se integró al hogar de la calle Pasaje Vergara 14, bien cerquita del Club Bahiense del Norte, donde Yuyo fue basquetbolista, director técnico y presidente.

En una familia de marcada alcurnia basquetbolística, Manu no tuvo otra alternativa que tomar contacto con la pelota anaranjada casi desde la cuna. «Yo nací con la pelota de basquetbol en la mano», suele contar el desgarbado y hábil jugador que ya conquistó a la comunidad latina de Texas por su fogosa actitud y talento deslumbrante.

El 2 de junio de 1978, justo el día que la Argentina debutó en el Mundial de fútbol ganándole a Hungría por 2 a 1, Emanuel se animó a dar sus primeros pasos y siguió adelante como un chico inquieto, aunque las maestras del Jardín de Infantes Claret, de la calle Zelarrayán y Paraguay, cuentan que «era muy bueno, de poco hablar, pero cuando lo hacía, siempre se refería al club». Allí, en Bahiense del Norte, Manu comenzó a pasar la mayor parte de su niñez, generalmente molestando a sus hermanos, que ya se destacaban en las categorías formativas y que llegaron a jugar profesionalmente -Leandro se retiró y Sebastián está en Lobos Cantabria, de España- con singular éxito.

Eso de molestar era casi una especialidad -que continúa aún hoy- del más chico de los Ginóbili. El hermano del medio, Sebastián, acepta sin dudarlo: «Era inaguantable», y mamá Raquel agrega: «No dormía mucho y tenía un temperamento terrible, siempre estaba moviéndose. Me acuerdo que cuando lo iba a buscar al jardín, llegábamos a la esquina y me decía: Mamá, estoy aburrido». Dentro de la casa no había posibilidad de jugar al basquetbol. «¡Con la pelota acá no, me rompés todas las plantas!», gritaba Raquel.

Estaba escrito, la vida de Manu se desarrolló entre la Escuela N° 6 y el club. Allí, donde cada noche de partido en la NBA se reúne a comer y sufrir frente al televisor la barra de Yuyo, Manu comenzó a jugar oficialmente a los 8 años en la categoría mini. Con esa camiseta amarilla, con vivos rojos y azules, jugó junto a Juan Ignacio Pepe Sánchez, el otro argentino que pertenece al selecto mundo de la NBA y viste la casaca de Detroit Pistons. No eran muy amigos, pero sí los mejores jugadores infantiles.

Por entonces, Manu tenía una gran preocupación, temía no ser alto. Sin embargo, el pediatra Carlos Fernández Campaña se equivocó cuando, a los 13 años, le realizó un estudio de proyección de estatura y lo tranquilizó diciendo que llegaría al metro y 85 centímetros. No estaba mal. «Me medía todos los días en la pared de la cocina de casa, estaba loco con eso…», suele contar Emanuel Ginóbili, que ahora luce orgulloso su metro y 98 centímetros, casualmente la misma altura del jugador que admiró: Michael Jordan. Un póster, tamaño real de Jordan, abrigó sus sueños por mucho tiempo pegado en la pared de su habitación. Por eso dijo emocionado, después de conseguir el título en la NBA: «Me parecía mentira tener en las manos el mismo trofeo que Michael besó tantas veces».

«Yo no iba a verlo jugar porque tenía miedo de que se lesionara», decía Raquel. Es que Manu, en su intento por volar y volcarla un día terminó en el hospital. Cayó mal y se golpeó la cabeza. Tuvo conmoción cerebral. «Es lo más lindo del basquetbol, hacer una volcada es una sensación maravillosa», relata quien hoy es uno de los nuevos ídolos de los Spurs. Por entonces no se proyectaba como una gran figura, incluso se había ido al descenso con Bahiense del Norte a los 16 años, cuando ya jugaba en primera división. «Lloré como dos días seguidos», dice todavía sentido.

Un año antes de concluir la secundaria, pese a los ruegos de su madre para que no se fuera de casa, Emanuel aceptó el ofrecimiento del técnico y amigo de la familia Oscar Sánchez para radicarse en La Rioja y jugar su primera Liga Nacional en Andino. El 23 de septiembre de 1995 debutó en Mar del Plata cayendo ante Peñarol 104 a 85,con 9 puntos en su estadística individual. Al año siguiente volvió a su ciudad para integrar durante dos años el plantel de Estudiantes, club con el que llegó a las semifinales de la Liga Nacional.

Por entonces ya había conocido la felicidad de ser elegido para integrar algunos seleccionados nacionales juveniles y llegó a representar al país en el Mundial Sub 22 de Australia, de 1997, junto a un grupo de jugadores que hoy integran el equipo que obtuvo la medalla plateada en Indianápolis el año último.

De allí en adelante, su carrera comenzó a tomar trascendencia y lo más importante es que cada año dio un salto de calidad en su juego. Por eso comenzó a integrar los seleccionados de mayores. En el Mundial de Grecia 1998, una volcada suya fue elegida la mejor jugada del torneo; en el Preolímpico de Puerto Rico ganó la medalla de bronce, fue figura en los Juegos Panamericanos de Winnipeg, Canadá, y nombrado el mejor jugador del Preolímpico de Neuquén en 2000, donde la Argentina obtuvo el título. Pero, sin duda, el gran golpe mediático lo obtuvo en Indianápolis donde la Argentina concretó la mejor actuación de su historia tras provocarle la primera derrota al Dream Team norteamericano. Ginóbili fue designado integrante del quinteto ideal de aquel glorioso Mundial.

Simultáneamente, su figura fue creciendo en Italia, primero en la segunda división jugando para Reggio Calabria, el equipo de Santo Versace -hermano de Gianni, el diseñador asesinado-, equipo con el que consiguió el ascenso a primera. Después, en el poderoso Kinder Bologna, con el que logró dos copas de Italia, un título y un subtítulo en la Euroliga y un campeonato italiano.

Sus sensacionales actuaciones provocaron que fuese el primer argentino elegido como el mejor jugador de Europa. La distinción terminó por convencer a RC Buford, el manager general de San Antonio Spurs. Tras aquel Mundial de Indianápolis, Manu firmó para los Spurs.

El resto de la historia de Emanuel Ginóbili es más conocida. El sigue siendo el mismo flaco, desgarbado y agradable personaje de siempre, sólo que tiene un gigante anillo de oro de la NBA.

Nota escrita por Miguel Romano

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/emanuel-ginobili-asi-crece-un-idolo-nid506279/

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