El día que Belgrano habló con el corazón a lo congresales y lloró

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El 6 de julio de 1816, en sesión secreta, asistió al Congreso el general Manuel Belgrano, que había sido durante 1814 y 1815 diplomático de las Provincias Unidas en Europa

Manuel Belgrano se presentó ante la asamblea el 6 de julio de 1816 y después de contestar a algunas preguntas que se le hicieron, tomó la palabra en un largo y sentido discurso (en que, pintando el estado tristísimo del país, expuso la disposición de la Europa respecto de la América, y desenvolvió con franqueza su profesión de fe monárquica), dijo, entre otras cosas:

Aunque la resolución de América en su origen mereció un alto concepto de los poderes de Europa por la marcha majestuosa con que se inició, su declinación en el desorden y anarquía continuada por tan dilatado tiempo ha servido de obstáculo a la protección, que sin ella se habría logrado; así es que, en el día debemos contarnos reducidos a nuestras propias fuerzas. Además, ha acaecido una mutación completa de ideas en la Europa, en lo relativo áa la forma de gobierno. Así como el espíritu general de las naciones, en años anteriores era republicanizarlo todo; en el día se trata de monarquizarlo todo.

La nación inglesa, con el grandor y majestad a que se ha elevado, más que por sus armas y riquezas, por la excelencia de su constitución monárquico-constitucional ha estimulado a las demás a seguir su ejemplo. La Francia lo ha adoptado. El Rey de Prusia por sí mismo, y estando en el pleno goce de su poder despótico, ha hecho una revolución en su reino y sujetándose a bases constitucionales idénticas a las de la nación inglesa; habiendo practicado otro tanto las demás naciones.

Conforme a estos principios, en mi concepto, la forma de gobierno más conveniente para estas provincias sería la de una monarquía temperada, llamando la dinastía de los Incas, por la justicia que, en sí, envuelve la restitución de esta casa tan inicuamente despojada del trono; a cuya sola noticia estallará el entusiasmo general de los habitantes del interior’.

«Habló en seguida del poder de la España, comparándolo con el de las Provincias Unidas, indicando los medios que éstas podían desenvolver para triunfar en la lucha; manifestó cuáles eran las miras del Brasil respecto del Río de la Plata, y elevándose a otro orden de consideraciones, concluyó exhortando a los diputados a declarar la Independencia, en nombre de los pueblos, adoptando la forma monárquica, como la única que, en lo presente, podía hacer aceptable aquella por las demás naciones; y colocando para lo futuro, bajo la salvaguardia de un orden de cosas estable, la paz y la libertad; las Provincias, desunidas por la anarquía y deshonradas por sus excesos».

Belgrano, luego de responder las preguntas que le formularon los congresales sobre la situación política interna y exterior; se puso de pie, en el recinto de sesiones del Congreso de Tucumán, y esbozó un largo y sentido discurso, asentado en las actas de la primera sesión secreta del Congreso de Tucumán, para el cual los congresales desalojaron a toda la barra y el público, a fin de escuchar, a solas, al Creador de la Bandera.

En esa oportunidad, Belgrano dio, tal vez, el mejor discurso de su vida. Con el corazón en la mano, expuso el estado calamitoso en el cual se encontraban las Provincias Unidad, la soledad y el aislamiento internacional en que nos hallábamos y el hecho de que no debíamos esperar ayuda de nadie. Belgrano lamentó nuestra situación anárquica y que en seis años de revolución no hubiéramos sido capaces de esbozar una forma de gobierno civilizada que evitara nuestras luchas internas. Argumentó que la única forma de salir de este atolladero era adoptar un régimen monárquico constitucional, coronando, a tal fin, a un descendiente de la Casa de los Incas. Sin embargo, para posibilitar esta salida, era menester declararnos independientes, en el peor momento de la historia argentina.

Belgrano rompió en llanto aquel legendario 6 de julio. Sus lágrimas se contagiaron a los congresales, que lloraron junto a él, a puertas cerradas. Tiempo después, Belgrano recordaría: «Yo hablé, me exalté, lloré e hice llorar a todos, al considerar la situación infeliz del país. Les hablé de monarquía constitucional con la representación soberana de la casa de los Incas; todos adoptaron la idea«.

De este modo, Belgrano acababa de dar a los congresales que aún mantenían sus dudas, el último empujón que necesitaban, para declarar la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica, apenas tres días después. Sucedió en el peor momento en la historia argentina, cuando las Provincias Unidas corrían el serio riesgo de desintegrarse.

En ese marco dramático, Manuel Belgrano instó a los diputados a jugarse el todo por el todo y dejar grabados sus nombres en el bronce.

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