La Casa de Alberdi

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La casa donde el 29 de agosto de 1810, nació Juan Bautista Alberdi, ya está demolida. Quedaba en las actuales 25 de mayo y 24 de setiembre de San Miguel de Tucumán. Esa casa que a la vez era una almacén de ramos generales, fue visitada muchas tardes por Manuel Belgrano, ya que su padre, don Salvador Alberdi, era su amigo.

Como se sabe, Juan Bautista Alberdi nació en San Miguel de Tucumán el 29 de agosto de 1810, hijo de Salvador de Alberdi y de Josefa Rosa Aráoz. Según el prócer, doña Josefa dejó de existir “con ocasión y por causa de mi nacimiento”. Pero no murió en el parto, sino siete meses después. El alumbramiento ocurrió en la casa paterna, ubicada sobre la entonces “calle del Cabildo” y hoy 25 de Mayo, frente a la plaza Independencia.

No conocemos fotografías de la fachada original. Solamente existe un dibujo ejecutado por el doctor Luis F. Aráoz (o con sus indicaciones), que se publicó en la revista porteña “Fray Mocho”, del 27 de agosto de 1915. La mostraba con el aspecto que tenía cuando Aráoz la vio de niño, en 1857. El dibujo comprendía tanto la casa de Alberdi como su vecina, hasta la intersección con 24 de Septiembre. En el “Álbum del Centenario” se reprodujo esa imagen, retocada.

La casa de los Alberdi lindaba al sur, en 1810, con la propiedad de Pedro Cayetano Rodríguez y su esposa, Encarnación Bazán. Eso hasta 1863, año en que sus herederos la vendieron a don Juan Manuel Méndez. Como lindera hacia el norte, estaba la vivienda de Lorenzo Domínguez, que luego fue sede del Correo, y que sería posteriormente adquirida por el gobernador José Frías.

Cuando redactó su largo estudio “Las Bases de Alberdi y el desarrollo constitucional” (1918), Paul Groussac requirió información sobre el inmueble a su amigo tucumano José R. Fierro. Este le informó que, en las últimas décadas del siglo XIX, era “una casa grande, con el zaguán en la parte norte y dos piezas con puertas sobre la plaza. El patio estaba sin enladrillar y las piezas interiores con ventanas al patio”.

La misma información agregaba que, muerto don Salvador en 1822, el hijo prócer vino años después desde Buenos Aires “a recoger su modesta herencia; y para darle su parte en efectivo, se vendió la casa a don Ángel Bazán, por 5.000 pesos bolivianos”. Desde entonces, el inmueble pasaría por diversos dueños.

Se sabe que a comienzos de la década de 1860 era propiedad de Dorotea Terán de Paz y, en la siguiente, Groussac señala como propietaria a la hija de aquella, Dorotea Paz de Cossio. También consta que en un tiempo de la década de 1870 la habitó la familia de Juan L. Nougués y su esposa Sofía Terán, ya que allí nació, el 21 de mayo de 1871, el hijo de ambos, el futuro gobernador Luis F. Nougués.

De todas maneras, al finalizar el siglo XIX, la fachada colonial que registró el dibujo de Aráoz ya estaba totalmente modificada, y sin duda también su interior. No había rastro alguno del original en un frente con pilastras, cuya puerta central estaba flanqueada por dos altas ventanas a cada lado. Así lo muestran las fotografías tomadas en esa época.

Cuando en la década siguiente se estaba por demoler, en esa cuadra, el Cabildo colonial para erigir la Casa de Gobierno, un artículo de “El Orden”, de 1907, se refería de paso a la vivienda de los Alberdi. Sugería que se confeccionara una maqueta en yeso del Cabildo, porque de otra manera no lo conocerían las generaciones venideras.

“Que es exactamente -agregaba- lo que ha pasado con la casa del doctor Alberdi, de la cual no queda sino un dibujo hecho por el joven Julio Oliva, de acuerdo con las instrucciones que le suministró el doctor Luis F. Aráoz, que recordaba más o menos cómo era el edificio”.

Posteriormente, la casa fue alquilada para diversos negocios. En 1916 funcionaba allí el bar “Centenario”. Al finalizar la década de 1920 y comienzos de la siguiente, alojó a otro bar muy popular, el “Tokio”. Luego, durante casi tres décadas, se estableció en el mismo solar la mueblería “Zaffaroni”.

Por cierto que ya no quedaba ni rastro de la primitiva casa de Alberdi, totalmente demolida, con el agregado de otra planta. También esta construcción sería derribada. Una placa de bronce indicaba que era el sitio del nacimiento del prócer, aviso que se reforzó en 1978 colocando otra placa, de cerámica. No dejó de lanzarse, en la década de 1960, la fantasiosa iniciativa de “reconstruir” la casa de Alberdi y convertirla en un museo.

Sin duda, Alberdi quería profundamente a Tucumán. En 1834 le había dedicado su primer trabajo de cierto aliento, la “Memoria descriptiva”. Durante su largo autoexilio europeo, a veces le venían nostalgias tucumanas. En 1863, escribía a su hermana Tránsito desde París. “Ver a Tucumán y verte a ti es un sueño querido que no abandono. Con estos sentimientos, no es imposible que el sueño se realice un día. Antes me entristecía la idea de no hallar en Tucumán sino tumbas queridas, sobre las que derramar dulces lágrimas. Pero me hablas de toda una posteridad viviente, joven y linda que lleva la sangre de nuestros padres y hermanos, y esto cambia ya en un aspecto consolador la visita a nuestro querido Tucumán”.

Siguió pasando el tiempo. En 1867, volvía a asegurarle que vendría a Tucumán, para conocer a toda la parentela. Pensaba que “el ferrocarril a Córdoba debe simplificar ese viaje que yo hice en mi niñez con una tropa de carretas y más tarde en una galera”, en compañía de Marco Avellaneda.

Como se sabe, nunca cumplió aquella promesa. Pero el cariño por Tucumán no lo convertía, en absoluto, en un “provinciano”. En 1857, encargaba a Juan María Gutiérrez que abrazara a Félix Frías y a Manuel Gorostiaga, “en nombre de la Patria, de la vieja Patria común”, abrazo extensivo “a todos los amigos argentinos que no han olvidado que más arriba de la provincia (de esta palabra que me achica de solo pronunciarla) está la Nación, la República Argentina, cuya soberanía, que reside en el mayor número, no se puede desconocer ni un instante sin incurrir en el tacha de imbécil, de mal patriota, de mal hombre”.

Al mismo Gutiérrez, en 1858, le decía que “todo el patriotismo” estaba en la Confederación y no en la entonces rebelde Buenos Aires. “Quien dice ‘argentino’, habla de todos los hijos de esa Patria que comienza en Patagonia y termina en Jujuy. Todo lo demás es patriotismo de montoneros”. Hallaba vergonzoso creer y practicar la política que iniciaron “todos los caudillos que, descontentos del gobierno central, se abrazan con el poder de la localidad de su mando, para explotarlo en su interés personal y en daño de la Patria común”.

Fuente: https://www.lagaceta.com.ar/nota/804800/actualidad/casa-donde-nacio-alberdi.html

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